Aún queda gente buena
Ayer, de vuelta a mi casa en el cercanías, una mujer bastante mayor se fué a sentar justo en la plaza enfrentada a la mía. Amago de recoger mis piernas para dejar más espacio y la señora -con inconfundible acento gallego- me dice “no cielo, dejalo cariño, no hace falta tanto”. Me llego al alma.
Unas estaciones más y la mujer decide finalmente entablar conversación.
- ¿Dónde estamos ya?
- En Torrejón… ¿A dónde va usted?
- A Guadalajara.
- Ah, entonces no se preocupe, es la última parada.
[Silencio]
- (Ella) Es que estamos todos perdidos… Bis2 y bis3.
- (Ella) Alabado sea el señor… bis2 a bisN.
El resto de la conversación demuestra una profunda sabiduría popular (esa que nuestros dirigentes confunden con estupidez) y se puede resumir con un breve “las personas de ahora están vacías… por dentro y por fuera” y “la gente ya no quiere escuchar”. Una breve mirada alrededor para comprobarlo: todo el mundo la mira raro, o hacen que no existe. Algunos no quieren, y otros simplemente no saben.
Me despedí de esos ojos azules que miraban con tristeza y con paz al mismo tiempo (juro que si hubiese llevado una cámara, y con su permiso, habría hecho la foto de mi vida) con un profundo pesar por las verdades tan grandes que había escuchado, pero muy alegre: Aún queda gente buena.