Lamentable autocompasión
Cuando miramos hacía atrás, vemos lo malo, pero rara vez vemos lo bueno, y curiosamente, cuando perdemos las cosas buenas, tendemos a idealizarlas: Para mi es difícil discernir realidad de ficción porque al final, y aquí no conviene engañarse, la realidad es interpretada (si, en pasivo).
Cuando hacemos esta retrospectiva -y solemos hacerlo más cuando nos llegan ciertas edades- es justamente cuando nos damos cuenta que ya no seremos astronautas, pilotos de F1 o cirujanos vasculares… Normalmente no es preocupante: Nos miramos la tripa -que no el ombligo-, echamos un vistazo al No-Ferrari que tenemos aparcado en la vía pública, e incluso nos permitimos el lujo de “juzgar” a nuestra pareja… Es justamente en este punto donde cometemos el error más grave: Trasladamos nuestros miedos, ansiedades y debilidades a nuestra/o compañera/o (nota: soy sobradamente consciente que es un mal mayormente extendido entre los miembros del selecto club masculino)… En mi caso este proceso, de precisión casi mágica, lo asocio con la archiconocida “Crisis de los 30″.
Cuando uno está perdido, tiende a arrastrar todo y a todos consigo mismo, y casi sin quererlo, te encuentras en una espiral que te va hundiendo en la miseria… En esas miserias que todos llevamos con nosotros, pero que no queremos o sabemos ver. Tomo nota de mis “nuevos” defectos para aceptarlos y combatirlos, aún a sabiendas de que ya han causado más bajas en mi alma -al orgullo ya lo maté- de las que podía soportar, no por mi mismo, sino por el daño causado a seres que quiero y que confiaban en mi.
“Conocerse a uno mismo es de sabios” -dijo un sabio, o quizás alguien tan cretino e ignorante que, al igual que yo, pensaba saberlo todo sobre él mismo, para descubrir sus propios pensamientos putrefactos de autojustificación, para pasar, finalmente, a la autocompasión… Eso si no se llega a la autodestrucción, que también pasa.
Lamento todas las heridas que abrí y no curé -dejo aquí la autocompasión fuera de juego… Es cuanto puedo decir, aunque se que las palabras se me quedan cortas, y la boca grande, por eso las ahogo, aunque duelan: Es la agonía de la culpabilidad, que no deja dormir a aquellos que, aún siendo humanos y cometiendo errores, todavía no matamos a nuestro Pepito Grillo.